Por Juan Pablo Madrid
Cuando un infante milenio emprendía su segundo año, niños y niñas emprendían otra travesía más ardua, el colegió, cuando esa hermosa rutina comenzaba cada mañana de llegar al salón donde una maravillosa profesora siempre nos esperaba con su mágica ternura para educarnos; siempre soñábamos con que ese día nunca terminara o a veces que terminara rápido para ir a mostrarles a nuestros padres esa cara feliz que habíamos ganado.
Los días pasaban y mis compañeros y yo notábamos algo, día tras día llegaban personas grandes que no se por qué traían puesto el uniforme de nuestra escuela, venían a interrumpir a esa mágica profesora para hablarnos cosas que no entendíamos, ellos decían que querían ser: per-so-ne-ro… ¿Qué será eso? Nos preguntábamos mis compañeros y yo solo queríamos que se fueran para seguir ideando el mejor dibujo para hacer nuestra tarea. Los días seguían pasando y la profesora, un día muy temprano, sin empezar la clase nos llevaba a un salón con extraños aparatos que tenían en ellos la imágenes de esos mismos hombres grandes que habían estado en nuestro salón, solo escuchábamos la frase: “escojan una” que decía con prisa nuestra profesora y después de que tanto yo como mis compañeros hiciéramos esa extraña elección teníamos la recompensa de volver a dibujar.
Los años pasaban mi cuerpo cambiaba y mi actitud también, esos jóvenes aun grandes para mi iban al salón ya sin importarme que interrumpieran la clase, a hacer promesas vagas y sueños que no se cumplirían por alcanzar ese título preciado que yo antes no entendía y que la verdad aun no me quedaba claro.
Crecí mas, un año antes de que fuera mi turno como el más grande del colegió, ya estaba parecido a esos jóvenes que veía en campaña año tras año y que después para mí y para casi todo el colegio solo se transformaban en vagos recuerdos de lo que pasaba antes de vacaciones de semana santa, cuando en mi desinterés veía al que se denominaba 03, por un solo segundo preste atención después de 10 años de desinterés y me dije a mi mismo la estupidez que están hablando y me comprometí a ser yo el año que viniera el que estuviera ahí hablando, no hablando babosadas sino hablando un futuro para mi colegio.
Los días tomaron su rumbo inamovible y yo emprendí mi campaña mi primer destino fue ese salón que hace 10 años no visitaba que al entrar me despertó otra vez esa magia de niño que hace mucho no sentí en mi cuerpo de adolescente y vi a esa maravillosa profesora con unas cañas de mas que mostraban que 10 años no llegan solos estaba repitiendo el trabajo que todos los años hacia con cada generación de niños con la misma ternura y amor, y me dispuse a hablar y mientras lo hacía entendí como fue que me sentí hace 10 años al ver la misma cara de duda en esos niños y así salón por salón hasta que ese gran día lo supe quede electo como el personero de mi colegio.

